4 de diciembre de 2022

Por qué nos produce tanto placer dar besos y querer seguir haciendolo

Los besos provocan una reacción química en el cerebro, incluida una explosión de la hormona oxitocina que conocemos como la "hormona del amor", que despierta sentimientos de afecto

Con un beso se activan hasta unos 30 músculos faciales, 17 de ellos relacionados con la lengua, se transfieren 9 miligramos de agua, otros 0,18 de sustancias orgánicas, 0,7 de materias grasas, 0,45 de sales minerales, además de millones de gérmenes, bacterias y microorganismos, y se queman, a lo largo de tres minutos, unas quince calorías.

Detrás de este gesto cotidiano muy extendido (pasaremos dos semanas de nuestra vida besándonos) hay un universo químico muy complejo. Para el ser humano, besarse no supone algo trivial, sino que se produce un intercambio de sensaciones y de emociones muy profundo. Jean-Luc Tournier, autor de la Pequeña enciclopedia del beso, ya reconoció que “no hay acto alguno que permita una implicación voluntaria del ser tan total como el beso”. El deseo de besar hasta tiene un nombre científico: filemamanía. Siempre queremos más, porque el beso es una droga natural. El cerebro es adicto a la oxitocina, que se produce cada vez que nos besamos. Esta hormona influye en funciones básicas como el enamoramiento, orgasmo, parto y amamantamiento, y está asociada con la afectividad, la ternura, el tocar.

La liberación de endorfinas, que se produce cada vez que juntamos nuestros labios con la pareja, combate el desánimo y evita caer en la depresión. Porque el beso, antes que nada, es placer. La posición fisiológica de la boca hace que esta sea, de entre todos los órganos erógenos que tiene nuestro cuerpo, la que está situada más cerca del cerebro, el centro donde se producen las sensaciones y las emociones. Para tener una idea: las terminaciones nerviosas que se activan en el beso involucran el tamaño de un área cerebral, la que controla la boca, más grande que la relacionada con los genitales.

Según un estudio de la Universidad de Viena, cuando cerramos los ojos y fundimos nuestros labios con nuestra pareja en un abrazo apasionado, las pulsaciones cardiacas suben de 60 hasta 130 por minuto, se libera adrenalina, baja la tasa de colesterol y al intercambiarse bacterias, se refuerza el sistema inmunitario. 

En la actualidad, el beso tiene sobre todo un poder terapéutico y psicológico. “Es una demostración de cariño, de amor, de respeto, de amistad. Con un beso se comunican muchísimas cosas”, a través del beso los amantes desarrollan una mayor propensión a crear lazos fuertes, “lo que incluye el deseo de formar una familia”. Parece fuera de dudas que esta combinación de estado sólido (el tacto), líquido (saliva) y gaseoso (aliento) es una herramienta de interacción social poderosa. Un estudio de la Universidad de Albany de Nueva York publicado en Evolutionary Psychology demuestra que tanto para la mujer como para el hombre el primer beso es clave para continuar la relación. Un filtro esencial. “Podría haber mecanismos en el subconsciente que detectan alguna incompatibilidad de tipo genético”, afirman los investigadores.

Besar sería un poco como hacer una selección natural de la especie. Besar no lleva al éxito. Pero besar mal con toda seguridad lleva al fracaso. El 58% de los hombres y el 66% de las mujeres encuestadas admitieron que pusieron fin al romance… ¡sólo después del primer beso! El profesor Alain Montadon, autor de un libro muy documentado titulado El beso: ¿qué se esconde tras este gesto cotidiano? (ed. Siruela), explica que “el deseo de besar no se produce si no se alcanza un acuerdo con el olfato. El olor de la piel es o bien muy atrayente o muy repulsivo”.

Sin embargo, el hombre y la mujer atribuyen al beso un matiz distinto. Ellos besarían esencialmente para ganar los favores sexuales de su pareja. Para ellas, en cambio, el besar sería una manera de valorar el grado de compromiso del hombre en la relación que pueda surgir. Según el mencionado estudio de la Universidad de Nueva York, las mujeres valorarían el aliento, el sabor y hasta la salud de los dientes. En particular, la potente antena femenina del olfato, recuerda Gordon Gallup, uno de los investigadores, se potenciaría sobre todo durante la ovulación. Como consecuencia, las chicas estarían menos dispuestas a tener relaciones sexuales con alguien que no sabe besar o simplemente cuyo beso no encaje con sus preferencias sensoriales y emotivas.

En el otro frente, ellos se fijarían más, en el momento de besar, en el atractivo del rostro de su pareja, la apariencia de su cuerpo y hasta en su peso. Asimismo, parece que el nivel de exigencia de los chicos es más bajo: más de la mitad de los hombres encuestados afirmó que tendría relaciones sexuales con una mujer sin pasar por el beso. En las mujeres, este porcentaje bajaba al 14%. No hay que olvidar que muchas prostitutas no besan: atribuyen a este gesto un valor íntimo superior incluso al coito. De ahí la pregunta clave: ¿en la actualidad le damos al beso la importancia que se merece? Pues no del todo. Pese a todos los beneficios que hemos citados, es una práctica que algunos se atreven a cuestionar o más bien olvidar. Eduardo Brik, psicólogo y expresidente de la Asociación Madrileña de Terapia de Pareja, afirmaba que: “Se habla a diario de orgasmos y posturas sexuales, pero hemos olvidado el arte de besar. Se ha perdido romanticismo”. Pere Font, director del Institut d’Estudis de Sexualitat i la Parella de Barcelona (ISEP), señala en particular como los adolescentes hoy en día “se saltan la fase previa del erotismo”. Miren Mirrazabal, directora del Instituto Kaplan y presidenta del comité científico del X Congreso Español de Sexología, reconoce que “antes las caricias y los besos se prolongaban más, así como los juegos eróticos. Ahora ha cambiado mucho –añade–. Los adolescentes adelantan el coito y se ha reducido el tiempo de la seducción, todo se hace más de prisa”.

No es sólo un problema que afecte a los más jóvenes. Las parejas de adultos, casados desde hace años e inmersos en la rutina, tampoco prestan demasiada atención al beso. “Todos nuestros pacientes dicen que respetan el beso y las caricias, que tienen importancia, pero la realidad es distinta. Si el coito dura en promedio entre 15 y 30 minutos, no nos queda mucho tiempo para el resto. Con el tiempo, junto al cortejo, el beso va desapareciendo”, alerta Mirrazabal. Esta experta reconoce que “hasta hace poco, este aspecto era incluso un tema prácticamente olvidado entre los expertos en salud sexual. Ahora los profesionales hacemos talleres de seducción para volver a recuperar el placer del beso y la importancia del mundo emocional en la relación de pareja”.


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